sábado, 25 de octubre de 2008

Cuento de Navidad - Capítulo 4 - El último de los tres Espíritus

IV- El último de los tres Espíritus

El Fantasma se aproximaba con paso lento, grave y silencioso. Cuando llegó a Scrooge, éste dobló la rodilla, pues el Espíritu parecía esparcir a su alrededor, en el aire que atravesaba, tristeza y misterio.

Le envolvía una vestidura negra, que le ocultaba la cabeza, la cara y todo el cuerpo, dejando solamente visible una de sus manos extendida. Pero, además de esto, hubiera sido difícil distinguir su figura en medio de la noche y hacerla destacar de la completa obscuridad que la rodeaba.

Reconoció Scrooge que el Espectro era alto y majestuoso cuando le vio a su lado, y entonces sintió , que su misteriosa presencia le llenaba de un temor solemne. No supo nada más, porque el Espíritu ni hablaba ni se movía.

-¿Estoy en presencia del Espectro de la Navidad venidera? -dijo Scrooge.

El Espíritu no respondió, pero continuó con la mano extendida.

-Vais a mostrarme las sombras de las cosas que no han sucedido, pero que sucederán en el tiempo venidero ---continuó Scrooge-, ¿no es así, Espíritu?

La parte superior de la vestidura se contrajo un instante en sus pliegues, como si el Espíritu hubiera inclinado la cabeza. Fue la sola respuesta que recibió.

Aunque habituado ya al trato de los espectros, Scrooge experimentó tal miedo ante la sombra silenciosa, que le temblaron las piernas y apenas podía sostenerse en pie cuando se disponía a seguirle. El Espíritu se detuvo un momento observando su estado, como si quisiera darle tiempo para reponerse.

Pero ello fue peor para Scrooge. Estremecióse con un vago terror al pensar que tras aquella sombría mortaja estaban los ojos del Fantasma intensamente fijos en él, y que, a pesar de todos sus esfuerzos, sólo podía ver una mano espectral y una gran masa negra.

-¡Espectro del futuro ---exclamó-, .os tengo más miedo que a ninguno de los espectros que he visto! Pero como sé que vuestro propósito es procurar mi bien y como espero ser un hombre diferente de lo que he sido, estoy dispuesto a acompañaros con el corazón agradecido. ¿No queréis hablarme?

Silencio. La mano seguía extendida hacia adelante.

-¡Guiadme! -dijo ,Scrooge-. ¡Guiadme! La noche avanza rápidamente, y sé que es un precioso tiempo para mí. ¡Guiadme, Espíritu!

El Fantasma se alejó igual que había llegado. Scrooge le siguió en la sombra de su vestidura, que según pensó, levantábale y llevábale con ella.

Apenas pareció que entraron en la ciudad, pues más bien se creería que ésta surgió alrededor de ellos, circundándolos con su propio movimiento. Sin embargo, hallábanse en el corazón de la ciudad, en la Bolsa, entre los negociantes, que marchaban apresuradamente de aquí para allá, haciendo sonar las monedas en el bolsillo, conversando en grupos, mirando sus relojes, jugando pensativamente con sus áureos dijes, etc, como Scrooge les había visto con frecuencia.

El Espíritu se detuvo frente a un pequeño grupo de negociantes. Observando Scrooge que su mano indicaba aquella dirección, se adelantó para escuchar lo que hablaban.

-No -decía un hombre grueso y alto, de barbilla monstruosa-; no sé más acerca de ello; sólo sé que ha muerto.

-¿Cuándo ha muerto? -inquirió otro.

-Creo que anoche.

-¡Cómo! ¿Pues qué le ha ocurrido?- preguntó un tercero, tomando una gran porción de tabaco de una enorme tabaquera-. Yo creí que no iba a morir nunca.

-Sólo Díos lo sabe -dijo el primero bostezando.

-¿Qué ha hecho de su dinero? -preguntó un caballero de faz rubicunda con una excrescencia que le colgaba de la punta de la nariz y que ondulaba como las carúnculas de un pavo.

-No lo he oído decir --dijo el hombre de la enorme barbilla bostezando de nuevo-. Quizá se lo haya dejado a su sociedad. A mí no me lo ha dejada, es todo lo que sé.

Esta broma fue acogida con una carcajada general.

-Es probable que sean modestísimas las exequias -dijo el mismo interlocutor-, pues, por mi vida, no conozco a nadie que asista a ellas. ¿Vamos a ír nosotros sin invitación?

-No tengo inconveniente. si hay merienda -observó el caballero de la. excrescencia en la nariz-, pero si voy tienen que darme de comer.

Otra carcajada.

-Bueno; después de todo, yo soy el más desinteresado de todos vosotros -dijo el que habló primeramente-. pues nunca gasto guantes negros ni meriendo; pero estoy dispuesto a ir si alguno viene conmigo. Cuando pienso en ello, no estoy completamente seguro de no haber sido su mejor amigo, pues acostumbrábamos detenernos a hablar siempre que nos encontrábamos. ¡Adiós, señores!

Los que hablaban y los que escuchaban se dispersaron, mezclándose con otros grupos. Scrooge los conocía. y miró al Espíritu en busca de una explicación.

El Fantasma deslizóse en una calle. Su dedo señalaba a dos individuos que se encontraron. Scrooge escuchó de nuevo, pensando que allí se hallaría la explicación.

También a aquellos hombres los conocía perfectamente. Eran dos negociantes riquísimos y muy importantes. Siempre se había ufanado de ser muy estimado por ellos, desde el punto de vista de los negocios, se entiende, estrictamente desde el punto de vista de los negocios.

-¿Cómo estáis? -dijo uno. -¿Cómo estáis? -replicó el otro.

-Bien --dijo el primero-. A1 fin el viejo tiene lo suyo, ¿eh?

-Eso he oído -contestó el otro-. Hace frío. ¿verdad?

-Lo propio de la época de Navidad. Supongo que no sois patinador.

-No, no. Tengo otra cosa en que pensar. ¿Buenos días!

Ni una palabra más. Tales fueron su encuentro, su conversación y su despedida.

A1 principio estuvo Scrooge a punto de sorprenderse de que el Espíritu diese importancia a conversaciones tan triviales en apariencia; pero, íntimamente convencido de que debían tener un significado oculto, se puso a reflexionar cuál podría ser. Apenas se les podía suponer alguna relación con la muerte de Jacob, su viejo consocio, pues ésta pertenecía al pasado, y el punto de partida de este Espectro era el porvenir. Ni podía pensar en otro inmediatamente relacionado con él a quien se le pudiera aplicar. Pero como, sin duda, a quienquiera que se le aplicaren, encerraban una lección secreta dirigida a su provecho, resolvió tener en cuenta cuidadosamente toda palabra que oyera y toda cosa que viese, y especialmente observar su propia imagen cuando apareciera, pues tenía la esperanza de que la conducta de su futuro ser le daría la clave que necesitaba para hacerle fácil la solución del enigma.

Miró a todos lados en aquel lugar buscando su propia imagen; pero otro hombre ocupaba su rincón habitual, y aunque el reloj señalaba la hora en que él acostumbraba estar allí, no vio a nadie que se le pareciese entre la multitud que se oprimía bajo el porche.

Ello le sorprendió poco, sin embargo, pues había resuelto cambiar de vida: y pensaba y esperaba que su ausencia era una prueba de que sus nacientes resoluciones empezaban a ponerse en práctica.

Inmóvil, sombrío, el Fantasma permanecía a su lado con la mano extendida. Cuando Scrooge salió de su ensimismamiento, imagínóse, por el movimiento de la mano y su situación respecto a él, que los ojos invisibles estaban mirándole fijamente, y le recorrió un escalofrío.

Dejaron el teatro de los negocios y se dirigieron a una parte obscura de la ciudad, donde Scrooge no había entrado nunca, aunque conocía su situación y su mala fama. Los caminos eran sucios y estrechos; las tiendas y las casas, miserables; los habitantes, medio desnudos, borrachos, mal calzados, horrorosos. Callejuelas y pasadizos sombríos, como otras tantas alcantarillas, vomitaban sus olores repugnantes, sus inmundicias y sus habitantes en aquel laberinto de. calles; y toda aquella parte respiraba crimen, suciedad y miseria.

En el fondo de aquella guarida infame había una tienda bajísima de techo, bajo el tejado de un sobradillo, donde se compraban hierros, trapos viejos, botellas, huesos y restos de comidas. En el interior, y sobre el suelo, se amontonaban llaves enmohecidas. clavos, cadenas. goznes, limas, platillos de balanza, pesos y toda clase de hierros inútiles. Misterios que a pocas personas hubiera agradado investigar se ocultaban bajo aquellos montones de harapos repugnantes, aquella grasa corrompida y aquellos sepulcros de huesos. Sentado en medio de sus mercancías, junto a un brasero de ladrillos viejos, un bribón de cabellos blanqueados por sus setenta años, defendido del viento exterior con una cortina fétida compuesta de pedazos de trapo de todos colores y clases colgados de un bramante, fumaba su pipa saboreando la voluptuosidad de su apacible retiro.

Scrooge y el fantasma llegaron ante aquel hombre en el momento en que una mujer cargada con un enorme envoltorio se deslizaba en la tienda. Apenas había entrado, cuando otra mujer, cargada de igual modo, entró a continuación; seguida de cerca por un hombre vestido de negro desvaído, cuya sorpresa no fue menor a la vista de las dos mujeres que la que ellas experimentaron al reconocerse una a otra. Después de un momento de muda estupefacción, de la que había participado el hombre de la pipa, soltaron los tres una carcajada.

-¿Que la jornalera pase primeramente? -exclamó la que había entrado al principio-. La segunda será la planchadora y el tercero el hombre de la funeraria. Mirad, viejo Joe, qué casualidad. ¡Cualquiera diría que nos habíamos citado aquí los tres!

-No podíais haber elegido mejor sitio -dijo el viejo quitándose la pipa de la boca-. Entrad a la sala. Hace mucho tiempo que tenéis aquí la entrada libre, y los otros dos tampoco son personas extrañas. Aguardad que cierre la puerta de la tienda. ¡Ah, cómo cruje! No creo que haya aquí hierros más mohosos que sus goznes, así como tampoco hay aquí, estoy .seguro, huesos más viejos que los míos. ¡Ja, ja! Todos nosotros estamos. en armonía con nuestra profesión y de acuerdo. Entrad a la sala, entrad a la sala.

La sala era el espacio separado de la tienda por la cortina de harapos. El viejo removió la lumbre con un pedazo de hierro procedente de una barandilla, y después de reavivar la humosa lámpara (pues era de noche) con el tubo de la pipa, se volvió a poner ésta en la boca.

Mientras lo hizo, la mujer que ya había hablado arrojó el envoltorio al suelo y se sentó en un taburete en actitud descarada, poniéndose los codos sobre las rodillas y lanzando a los otros dos una mirada de desafío.

-Y bien, ¿Qué? ¿Qué hay, señora Dilber? -dijo la mujer-. Cada uno tiene derecho a pensar en sí mismo. ¡El siempre lo hizo así!

-Es verdad, efectivamente --dijo la planchadora-. Más que él, nadie.

-¿Por qué, pues, ponéis esa cara, como si tuvierais miedo, mujer? Supongo que los lobos no se muerden unos a otros.

-¿Claro que no! -dijeron a la vez, la señora Dilber y el viejo-. Debemos esperar que sea así. -Entonces, muy bien -exclamó la mujer-.

Eso basta. ¿A quién se perjudica con insignificancias como éstas? No será el muerto, me figuro.

-¡Claro que no¡ -dijo la señora Dilber riendo. -Si necesitaba conservarlas después de morir, el viejo avaro --continuó la mujer-, ¿por qué no ha hecho en vida lo que todo el mundo? No tenía más que haberse proporcionado quien le cuidara cuando la muerte se lo llevó, en vez de permanecer aislado de todos al exhalar el último suspiro.

-Nunca se dijo mayor verdad -repuso la señora Dílber-. Tiene lo que merece.

-Yo desearía que le ocurriera algo más -replicó la mujer-; y otra cosa habría sido, podéis creerme, si me hubiera sido posible poner las manos en cosa de más valor. Abrid ese envoltorio, Joe, y decidme cuánto vale. Hablad con franqueza. No tengo miedo de ser la primera, ni me importa que lo vean. Antes de encontrarnos aquí, ya sabíamos bien, me figuro, que estábamos haciendo nuestro negocio. No hay nada malo en ello. Abrid el envoltorio, Joe.

Pero la galantería de sus amigos no lo permitió, y el hombre del traje negro desvaído, rompiendo el fuego, mostró su botín. No era considerable: un sello o dos, un lapicero, dos botones de manga, un alfiler de poco valor, y nada más. Todas esas cosas fueron examinadas separadamente y avaluadas por et viejo, que escribió con tiza en la pared las cantidades que estaba dispuesto a dar por cada una, haciendo la suma cuando vio que no había ningún otro objeto.

-Esta es vuestra cuenta ---dijo-, y no daría un penique más, aunque me quemaran a fuego lento por no darlo. ¿Quién sigue?

Seguía la señora Dilber. Sábanas y toallas, servilletas, un traje usado, dos antiguas cucharillas de plata, unas pinzas para azúcar y algunas botas. Su cuenta le fue hecha igualmente en la pared.

-Siempre doy demasiado a las señoras. Es una de mis flaquezas, y de ese modo me arruino -dijo el viejo-. Aquí está vuestra cuenta. Si me pedís un penique más, o discutís la cantidad, puedo arrepentirme de mi esplendidez y rebajar medía corona.

-Y ahora deshaced mi envoltorio, Joe -dijo la primera mujer.

Joe se puso de rodillas para abrirlo con más facilidad, y después de deshacer un gran número de nudos; sacó una pesada pieza de tela obscura.

-¿Cómo llamáis a esto? -dijo-. Cortinas de alcoba.

-¿Ah! -respondió la mujer riendo e inclinándose sobre sus brazos cruzados-. ¡Cortinas de alcoba! -No es posible que las hayáis quitado. con anillas y todo, estando todavía sobre el lecho -dijo el viejo.

-Pues sí -replicó la mujer-. ¿Por qué no? -Habéis nacido para hacer fortuna -dijo el viejo- y seguramente la haréis.

-En verdad os aseguro, Joe -replicó la mujer tranquilamente-, que cuando tenga a mi alcance alguna cosa, no retiraré de ella la mano por consideración a un hombre como ése. Ahora, no dejéis caer el aceite sobre las mantas.

-¿Las mantas de él? -preguntó Joe.

-¿De quién creéis que iban a ser? -replicó la mujer-. Me atrevo a decir que no se enfriará por no tenerlas.

-Me figuro que no habrá muerto de enfermedad contagiosa. ¿eh? -dijo el viejo suspendiendo la tarea y alzando los ojos.

-No tengáis miedo -replicó la mujer-. No me agradaba su compañía hasta el punto de estar a su lado por tales pequeñeces, si hubiera habido el menor peligro. ¿Ah! Podéis mirar esa camisa hasta que os duelan los ojos, y no veréis en ella ni un agujero ni un zurcido. Esa es la mejor que tenía y es una buena camisa. A no ser por mí, la habrían derrochado.

-¿A qué llamáis derrochar una camisa? -preguntó Joe.

--Quiero decir que, seguramente, le habrían amortajado con ella -replicó la mujer, riendo-. Alguien fue lo bastante imbécil para hacerlo, pero yo se la quité otra vez. Sí la tela de algodón no sirve para tal objeto, no sirve para nada. Es a propósito para cubrir un cuerpo. No puede estar más feo de ese modo que con esta camisa.

Scrooge escuchaba este diálogo con horror. Conforme se hallaban los interlocutores agrupados en torno de su presa, a la escasa luz de la lámpara del viejo: le producían una sensación de odio y de disgusto, que no habría sido mayor aunque hubiera visto obscenos demonios regateando el precio del propio cadáver.

-¡Ja, ja! -rió la misma mujer cuando Joe, sacando un talego de franela lleno de dinero, contó en el suelo la cantidad que correspondía a cada uno-. No termina mal, ¿veis? Durante su vida ahuyentó a todos de su lado para proporcionarnos ganancias después de muerto. ¡Ja, ja, ja !

-¿Espíritu? ---dijo Scrooge, estremeciéndose de píes a cabeza-. Ya veo, ya veo. El caso de ese desgraciado puede ser el mío. A eso conduce una vida como la mía. ¡Dios misericordioso! ¿Qué es esto?

Retrocedió lleno de terror, pues la escena había cambiado y Scrooge casi tocaba un lecho: un lecho desnudo, sin cortinas, sobre el cual, cubierto por un trapo, yacía algo que, aunque mudo, se revelaba con terrible lenguaje.

El cuarto estaba muy obscuro, demasiado obscuro para poder observarle con alguita exactitud, aunque Scrooge, obediente a un impulso secreto, miraba a todos lados, ansioso por saber qué clase de habitación era aquélla. Una luz pálida, que llegaba del exterior, caía directamente sobre el lecho, en el cual yacía e1 cuerpo de aquel hombre despojado, robado, abandonado por todo el mundo, sin nadie que le velara y sin nadie que llorara por él.

Scrooge miró hacia el Fantasma, cuya rígida mano indicaba la cabeza del muerto. El paño qué la cubría hallábase puesto con tal descuido, que el más ligero movimiento, el de un dedo, habría descubierto la cara. Pensó Scrooge en ello, veía cuán fácil era hacerlo y sentía el deseo de hacerlo: pero tan poco poder tenía para quitar aquel velo como para arrojar de su lado al Espectro.

-¡Oh, fría. fría. rígida, espantosa muerte! ¡Levanta aquí tu altar y vístelo con todos los terrores de que dispones, pues estás en tu dominio! Pero cuando es una cabeza amada, respetada y honrada, no puedes hacer favorable a tus terribles designios un solo cabello ni hacer odiosa una de sus facciones. No es que la mano pierda su pesantez y no caiga al abandonarla; no es que el corazón y el pulso dejen de estar inmóviles: pero la mano fue abierta, generosa y leal; el corazón, bravo, ferviente y tierno; y el pulso. de un hombre. ¡Golpea, muerte, golpea! ¡Y mira las buenas acciones que brotan de la herida y caen en el mundo como simiente de vida inmortal!

Ninguna voz pronunció tales .palabras en los oídos de Scrooge, pero las oyó al mirar el lecho. Y pensó: "Si este hombre pudiera revivir, ¿cuáles serían sus pensamientos primitivos? ¿La avaricia, la dureza de corazón, la preocupación del dinero? ¿Tales cosas le han conducido, verdaderamente, a buen fin? Yace en esta casa desierta y sombría, donde no hay un hombre, una mujer o un niño que diga: "fue cariñoso para mí en esto o en aquello. y en recuerdo de una palabra amable seré cariñoso para él". Un gato arañaba la puerta. y bajo la piedra del hogar se oía un ruido de ratas que roían. ¿Qué iban a buscar en aquel cuarto fúnebre y por qué estaban tan inquietas y turbulentas? Scrooge no se atrevió a pensar en ello.

-¡Espíritu --dijo-, da miedo estar aquí! Al abandonar este lugar no olvidaré sus enseñanzas, os lo aseguro. ¡Vámonos!

El Espectro seguía mostrándole la cabeza del cadáver con su dedo inmóvil.

--Os comprendo -replicó Scrooge-, y lo haría si pudiera. Pero me es imposible, Espíritu, me es imposible.

El Espectro pareció mirarle de nuevo.

-Sí hay en la ciudad alguien a quien emocione la muerte de ese hombre -dijo Scrooge, agonizante-, mostradme esa persona, Espíritu, os lo suplico.

El Fantasma extendió un momento su sombría vestidura ante él, como un ala; después, volviendo a plegarla, mostróle una habitación alumbrada por la luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.

Aguardaba a alguien con ansiosa inquietud, pues iba de un lado a otro por la habitación. se estremecía al menor ruido, miraba por la ventana, consultaba el reloj, trataba, pero inútilmente, de manejar la aguja, y no podía aguantar las voces de los niños en sus juegos.

Al fin se oyó en la puerta el golpe esperado tanto tiempo; se precipitó a la puerta y encontróse con su

marido, cuyo rostro estaba ajado y abatido por la preocupación, aunque era joven. En aquel momento mostraba una expresión notable: un placer triste que le causaba vergüenza y que se esforzaba en reprimir.

Sentóse para comer el almuerzo preparado para él junto al fuego, y cuando ella le preguntó débilmente qué noticias había (lo que no hizo sino después de un largo silencio). pareció cohibido de responder.

-¿Son buenas o malas? -dijo para ayudarle.

-Malas -respondió.

-¿Estamos completamente arruinados?

-No. Aun hay esperanzas, Carolina.

-Si se conmueve -dijo ella asombrada-, si tal milagro se realizara, no se habrían perdido las esperanzas.

-Ya no puede conmoverse -dijo el marido-, porque ha muerto.

Era aquella mujer una dulce y paciente criatura. a juzgar por su rostro; pero su alma se llenó de gratitud al oír aquello, y así lo expresó juntando las manos.

Un momento después pedía perdón a Dios y se mostraba afligida: pero el primer movimiento salió del corazón.

-Lo que me dijo aquella mujer medio ebria, de quien te hablé anoche, cuando intenté verle para obtener un plazo de una semana, y lo que creí un pretexto para no recibirme, es la pura verdad; no sólo estaba muy enfermo, sino agonizando.

-¿Y a quién se transmitirá nuestra deuda? -No lo sé. Pero antes de ese tiempo tendremos ya el dinero: y aunque no lo tuviéramos, sería tener muy mala suerte encontrar en su sucesor un acreedor tan implacable como él. ¡Esta noche podemos dormir `tranquilos, Carolina!

Sí. Sus corazones se sentían aliviados de un gran peso. Las caras de los niños. agrupados a su alrededor para oír lo que tan mal comprendían, brillaban más: la muerte de aquel hombre llevaba un poco de dicha a aquel hogar. La única emoción que el Espectro pudo mostrar a Scrooge con motivo de aquel suceso fue una emoción de placer.

-Espíritu, permitidme ver alguna ternura relacionada con la muerte --dijo Scrooge-: si no, la sombría habitación que abandonamos hace poco estará siempre en mi recuerdo.

El Fantasma le condujo a través de varías calles que le eran familiares: a medida que marchaban. Scrooge miraba a todas partes en busca de su propia imagen, pero en ningún sitio conseguía verla. Entraron en casa del pobre Bob Cratchít, la habitación que habían visitado anteriormente, y hallaron a la madre y a los niños sentados alrededor de la lumbre.

Tranquilos. Muy tranquilos. Los ruidosos Cratchit pequeños se hallaban en un rincón, quietos como estatuas, sentados y con la mirada fija en Pedro, que tenía un libro abierto delante de él. La madre y sus hijas se ocupaban en coser. Toda la familia estaba muy tranquila.

"Y tomó a un niño y le puso en medio de ellos." ¿Dónde había oído Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. El niño debía de haberlas leído en voz alta cuando él y el Espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no seguía la lectura?

La madre dejó su labor sobre la mesa y se cubrió la cara con las manos.

-El color de esta tela me hace daño en los ojos ---dijo.

¿El color? ¡Ah, pobre Tíny Tim!

-Ahora están mejor --dijo la mujer de Cratchit-. La luz artificial les perjudica, y por nada del mundo quisiera que cuando venga vuestro padre vea que tengo los ojos malos. Ya no debe tardar, a la hora que es.

-Ya ha pasado la hora ---contestó Pedro cerrando el libro-. Pero creo que hace unas cuantas noches anda algo más despacio que de costumbre, madre.

Volvieron a quedar en silencio. A1 fin dijo la madre con voz firme y alegre, que una sola vez se debilitó:

-Yo le he visto un día andar de prisa, muy de prisa, con... con Tíny Tím sobre los hombros.

-¡Y yo también? -gritó Pedro-. ¡Muchas veces?

-¿Y yo también? -exclamó otro. y luego, todos.

-Pero Tiny Tim era muy ligero de llevar -continuó la madre volviendo a su labor -y su padre le quería tanto, que no le molestaba, no le molestaba. Pero ya oigo a vuestro padre en la puerta.

Corrió a su encuentro. y el pequeño Bob entró con su bufanda -bien la necesitaba el pobre-. Su té se hallaba preparado junto a la lumbre y todos se precipitaron a servírselo. Entonces los dos Cratchit pequeños saltaron sobre sus rodillas y cada uno de ellos puso su carita en una de las mejillas del padre, como diciendo: "No pienses en ello. padre; no te apenes".

Bob se mostró muy alegre con ellos y tuvo para todos una palabra amable: miró la labor que había sobre la mesa y elogió la destreza y habilidad de la señora Cratchit y las niñas.

-Eso se terminará mucho antes del domingo -dijo.

-¡Domingo! ¿Has ido hoy allá, Roberto? -preguntó su mujer.

-Sí, querida -respondió Bob-. Me hubiera gustado que hubieseis podido venir. Os hubiera agradado ver qué verde está aquel sitio. Pero ya le veréis a menudo. Le he prometido que iré a pasear allí un domingo. ¡Pequeñito, nene mío! -gritó Bob-. ¡Pequeñito mío!

Estalló de pronto. No pudo remediarlo. Para qua pudiera remediarlo, habría sido preciso que no se sintiese tan cerca de su hijo.

Dejó la habitación y subió a la del piso de arriba, profusamente iluminada y adornada como en Navidad. Había una silla colocada junto a la cama del niño y se veían indicios de que alguien la había ocupado recientemente. El pobre Bob sentóse en. ella y, cuando se repuso algo y se tranquilizó, besó aquella carita. Sintióse resignado por lo sucedido y bajó de nuevo completamente feliz.

La familia rodeó la lumbre y empezó a charlar: las muchachas y la madre siguieron su labor. Bob les contó la extraordinaria benevolencia del sobrino de Scrooge, a quien apenas había visto una vez. y que al encontrarle aquel día en la calle, y viéndole un poco... "un poco abatido, ¿sabéis?", dijo Bob, se enteró de lo que le había sucedido para estar tan triste.

-En vista de lo cual --contínuó Bob-, ya que es el caballero más afable que se puede encontrar, se lo conté. "Estoy sinceramente apenado por lo que me contáis, señor. Cratchit", dijo, "por vos y por vuestra excelente mujer". Y a propósito, no sé cómo ha podido saber eso.

-¿Saber qué?

-Que eras una excelente mujer -contestó Bob. -Eso lo sabe todo el mundo -dijo Pedro. -¡Muy bien dicho, hijo mío! -exclamó Bob-. Espero que todo el mundo lo sepa. "Sinceramente apenado", dijo, "por vuestra excelente mujer. Sí puedo serviros en algo", continuó, dándome su tarjeta, "éste es mi domicilio. Os ruego que vayáis a verme." Bueno, pues, me ha encantado --exclamó Bob-, no por lo que está dispuesto a hacer en nuestro favor, sino por su benevolencia. Parecía que en realidad había conocido a nuestro Tiny Tim y se lamentaba con nosotros.

-Estoy segura de que tiene buen corazón -dijo la señora Cratchit.

-Más segura estarías de ello, querida --contestó Bob-, si le hubieras visto y le hubieras hablado. No, no me sorprendería nada, fíjate en lo que digo, que proporcionase a Pedro un empleo mejor.

-Oye esto, Pedro --dijo la señora Cratchit, -¡Y entonces -gritó una de las muchachas- Pedro buscará compañía y se establecerá por su cuenta! -¡Vete a paseo! -replicó Pedro haciendo una mueca.

-Eso puede ser y puede no ser --dijo Bob-, aunque hay mucho tiempo por delante, hijo mío. Pero, de cualquier modo y en cualquier época que nos separemos unos de otros, tengo la seguridad de que ninguno de nosotros olvidará al pobre Tíny Tim, ¿verdad?, ninguno olvidará esta primera separación.

-¿Nunca! -gritaron todos.

-Y yo sé -dijo Bob-, yo sé, hijos míos, que cuando recordemos cuán paciente y cuán dulce fue, aun siendo pequeño, pequeñito, no armaremos pendencias unos con otros, porque al hacerlo olvidaríamos al pobre Tiny Tim.

-¡No, padre; nunca! -volvieron a gritar todos.

-Soy muy feliz ---dijo el pequeño Bob-. ¡Soy muy feliz!

La señora Cratchit le besó, sus hijas le besaron, los dos Cratthít pequeños le besaron, y Pedro y él se dieron un apretón de manos. ¡Espíritu de Tiny Tim: tu esencia infantil provenía de Díos!

-Espectro --dijo Scrooge-, algo me dice que la hora de nuestra separación se acerca. Lo sé, pero no sé cómo se verificará. Decidme: ¿quién era aquel hombre que hemos visto yacer en su lecho de muerte?

El Espectro de la Navidad Futura le transportó, como antes -aunque en una época diferente, según pensó: verdaderamente, sus últimas visiones aparecían embrolladas, excepto la seguridad de que pertenecían al porvenir-, a los lugares en que se reunían los hombres de negocios, pero sin mostrarle su otro él. En verdad, el Espíritu no se detuvo para nada, sino que siguió adelante como para alcanzar el objetivo deseado, hasta que Scrooge le suplicó que se detuviera un momento.

-Esta callejuela que atravesamos ahora --dijo Scrooge- es el lugar donde desde hace mucho tiempo yo establecí el centro de mis acupaciones. Veo la casa. Permitidme contemplar lo que será en los días venideros.

El Espíritu se detuvo: su mano señalaba otro sitio.

-¡La casa está allá abajo! --exclamó Scrooge-. ¿Por qué me señaláis hacia otra parte?

El inexorable dedo no experimentó ningún cambio. Scrooge corrió a la ventana de su despacho y miró al interior. Seguía siendo un despacho, pero no el suyo. Los muebles no eran los mismos y la persona sentada en la butaca no era él. El Fantasma señalaba como anteriormente.

Scrooge volvió a unírsele, y sin comprender por qué no estaba él allí ni dónde habría ido, siguió al Espíritu hasta llegar a una verja de hierro. Antes de entrar se detuvo para mirar a su alrededor.

Un cementerio. Bajo la tierra yacían allí los infelices cuyo nombre iba a saber. Era un digno lugar, rodeado de casas, invadido por la hiedra y las plantas silvestres, antes muerte que vida de la vegetación, demasiado lleno de sepulturas, abonado hasta la exageración. ¡Un digno lugar!

El Espíritu, de pie en medio de las tumbas, indicó una. Scrooge avanzó hacia ella temblando. El Fantasma era exactamente como había sido hasta entonces. pero Scrooge tuvo miedo al notar un ligero cambio en su figura solemne.

-Antes de acercarme más a esa piedra que me enseñáis-le dijo-, respondedme a una pregunta: ¿Es todo eso la imagen de lo que será. o solamente la imagen de lo que puede ser?

El Espectro siguió señalando a la tumba junto a la cual se hallaba.

-Las resoluciones de los hombres simbolizan ciertos objetivos que, si perseveran, pueden alcanzar -dijo Scrooge-; pero si se apartan de ellas, los objetivos cambian. ¿Ocurre lo mismo con las cosas que me mostráis?

El Espíritu continuó inmóvil como siempre. Scrooge se arrastró hacia él, temblando al acercarse. y siguiendo la dirección del dedo, leyó sobre la piedra de la abandonada sepultura su propio nombre: Ebenezer Scrooge.

-¿Soy yo el hombre que yacía sobre el lecho? ---exclamó cayendo de rodillas.

El dedo se dirigió de la tumba a él y de él a la tumba.

-¡No, Espíritu! ¡Oh, no, no! El dedo seguía allí.

-¡Espíritu --gritó agarrándose a su vestidura-, escuchadme! Yo no soy ya el hombre que era; no seré ya el hombre que habría sido a no ser por vuestra intervención. ¿Por qué me mostráis todo eso, si he perdido toda esperanza?

Por primera vez la mano pareció moverse. -Buen Espíritu ---continuó, prosternado ante él, con la frente en la tierra-, vos intercederéis por mí y me compadeceréis. Aseguradme que puedo cambiar esas imágenes que me habéis mostrado, cambiando de vida.

La benévola mano tembló.

-Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré guardarla todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el porvenir. Los espíritus de los tres no se apartarán de mí. No olvidaré sus lecciones. ¡Oh, decidme que puedo borrar lo escrito en esa piedra!

En su angustia asió la mano espectral, que intentó desasirse. pero su petición le daba fuerza, y la retuvo. El Espíritu, más fuerte aún. le rechazó.

Juntando las manos en una última súplica a fin de que cambiase su destino, Scrooge advirtió una alteración en la túnica con capucha del Fantasma, que se contrajo. se derrumbó y quedó convertido en una columna de cama.